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La increíble historia de La Casa de la Palmera

Las grandes ciudades esconden grandes secretos, como por ejemplo encontrar un avión escondido adentro de un hospital. Y Buenos Aires es una ciudad que está llena de historias increíbles especialmente cuando se trata de averiguar la historia de sus antiguas construcciones. Como es el caso de La Casa de la Palmera.

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La Casa de la Palmera está ubicada en pleno centro porteño, Riobamba al 100, a metros del Congreso de la Nación y lo primero que llama la atención de esta antigua casona construida a finales del Siglo XIX es la gran palmera que cubre casi la totalidad de su fachada. Esa rareza ya la hace especial pero lo verdaderamente importante es la historia de misterio, terror, asesinato y locura que guarda entre sus paredes y especialmente sus puertas.

La historia secreta

A finales del siglo XIX se instaló en esta casa una familia muy adinerada de Buenos Aires compuesta por el Señor Galcerán, su esposa Catalina Espinosa de Galcerán y sus seis hijos, cinco de ellos varones. La única mujer, Elisa.

Al poco tiempo el señor Galcerán muere y su esposa e hijos heredan la fortuna. Catalina amaba la casa y además hizo todo lo posible para que sus hijos estudien pero los 5 varones, aprovechando el dineral de que disponían, se dedicaron a los placeres de la noche porteña en una época en donde Buenos Aires era una de las grandes capitales del mundo.

Al poco tiempo también muere Catalina, y los 5 deciden cerrar su habitación dejando todo intacto y prohibiendo su entrada a cualquier persona, ellos incluidos. Ahora, sin Catalina ocupándose de la casa debían hacerlo sus hijos pero los varones no movieron un dedo, siguieron con su estilo de vida descontrolada y Elisa, la única mujer, debió ocuparse de todo además de ser la única persona en esa familia que trabajaba. Esto molestó mucho a la joven mujer, que intentó por todos los medios modificar los hábitos de sus hermanos sin conseguir éxito alguno.

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Al poco tiempo, y misteriosamente, muere uno de sus hermanos. Tanto Elisa como los otros deciden hacer lo mismo que hicieron con la madre: cerrar la habitación del fallecido dejando todo intacto.

La vida continuó por poco después murió otro de los varones, también por causas misteriosas, y luego otro, y otro hasta que murieron todos y Elisa mantuvo el ritual: por cada muerto una habitación cerrada.

Ahora Elisa era la única habitante de esta gran casona repleta de habitaciones cerradas.

Durante los siguientes 40 años poco se supo de Elisa. Solo que tenía una vida rutinaria y tranquila. De lunes a viernes iba a trabajar todos los días puntualmente al Congreso de la Nación y todas las tardes concurría a rezar a la Parroquia de Balvanera. No se sabe de nadie que la haya visto en otro lugar ni de nadie que haya sido invitado a la Casa de la Palmera durante esos 40 años.

Todo parecía normal, hasta que un día Elisa no apareció en la Parroquia. Preocupados los curas llamaron a la policía quiénes fueron hasta la casa, tocaron timbre pero nadie atendía. Tiraron la puerta abajo y la escena que encontraron fue de terror.

La Casa de la Palmera por dentro estaba prácticamente podrida, basura por todos lados, objetos rotos, telas arañas por doquier, ratas atravesando los pisos, olor nauseabundo. Registraron todas las habitaciones, abrieron puertas que no se abrían por más de 50 años. Las habitaciones de Catalina y sus hijos varones seguían intactas como el día en que murieron. Pero la de Elisa estaba completamente vacía.

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Asombrados los investigadores bajaron al sótano y allí la sorpresa fue mayor: encontraron en un pequeño espacio todos los muebles de la habitación de Elisa perfectamente ubicados, el lugar diminuto perfectamente limpio e iluminado, y Elisa tendida en la cama ya sin vida.

 

Viviendo en una casa gigante, un pequeño palacio del Siglo XIX estilo francés, Elisa decidió recluirse en un pequeño espacio aislado de la barbarie de las plantas superiores.

Durante los años siguientes la casa permaneció cerrada hasta que un día decidieron remodelarla y poner allí una escuela primaria (no había mejor idea?).

Cuentan las madres que los niños de la escuela escuchaban voces, que las puertas se cerraban solas, que la atmósfera era irrespirable. Los niños asustados no querían asistir así que al poco tiempo la escuela debió cerrar.

Ahora funciona allí el Instituto del Pensamiento Socialista. Desconozco si en las noches siguen apareciendo las voces de los hermanos Galcerán, o de la madre Catalina, o si Elisa los mantiene callados a todos sabiendo que la casa ahora está limpia, o por el contrario, si está esperando el momento de reaparecer para acallar a las voces socialistas que nunca comulgaron con su ideología.

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Elisa Galcerán

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